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Dora Emilia Sánchez Linares

Dora Emilia Sánchez Linares
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Confesiones de un Enmascarado

Los colores me fueron dados por mi familia. Como no conocía el valor de este tesoro me puse a jugar con ellos, era mágico desenrollarlos con el tajalápiz y hacer arandelas, dibujar con entusiasmo y sorpresa vacas verdes, cielos rojos, árboles azules, pastos morados, arco iris despeinados.

A veces los perdí y me quedé sin colores, pero mi padre me invitó a pintar sobre el lienzo infinito de la arena, mientras me contaba las historias de Robinson Crusoe y de las maravillas de la jungla de África. Otros días los colores que había perdido aparecían en las cartillas Charry, Alegría de leer y en los libros de Inglés de Hamilton, en bellísimas ilustraciones coloreadas que se fueron grabando y reinventando sin permiso en mi imaginación.

También aparecían en los cómics del domingo: El Fantasma, Tarzán, Dick Tracy, la pequeña Lulú… pero cuando fui al cine a ver Fantasía de Disney ¡!! Color, música y movimiento ¡!! Descubrí el tesoro y lo guardé celosamente, hasta hace unos cuantos años que decidí compartirlo con los niños y por primera vez me pregunte ¿cómo se hace un maestro?

Entonces me acordé de los colores que me había regalado mi familia: de mi Padre recibí el azul dominante con acento amarillo y fucsia. El azul del pensamiento, de la paciencia, de la reflexión y la contemplación, el azul de la creatividad y de la amistad, el azul con manos de algodón de la liviandad y de los sueños…

En cambio el amarillo es un invasor de alegría, de calor del trópico, con el amarillo se esta siempre sobreexpuesto, hay que ponerse gafas oscuras para tolerarlo, el amarillo es el dueño de la risa, de lo expresivo, si por el amarillo fuera, la humanidad regresaría a la desnudez, al desenmascare total.
Pero el amarillo también es el color de la iluminación divina.

Del fucsia (magenta) hablaré mas tarde.

De mi madre recibí como dominante el rojo y el fucsia con acento amarillo y verde.
El rojo es la pasión, el rojo debería ser el color del semáforo que invita al movimiento, el rojo es fuego, es lo ondulante, es la danza, es el espíritu que convoca alrededor del fogón, lo que propicia alimentarse y quitarse el frío, el fuego crepita música, el fuego es la luz de las cavernas reveladora de secretos, el fuego invita al amor, el fuego es la madre que calienta en el regazo. El rojo es abrazador.

Del fucsia solo se decir que es un cómplice del rojo y se parecen, pero el fucsia es como un rojo en calma de un trinitario y podía ser el primo entusiasta del violeta, el fucsia es el color preferido del rojo y el ascendente espiritual de este, el de la compasión y la solidaridad.

De mi hermana mayor recibí como dominantes el violeta y el fucsia con acento rosado y amarillo. El violeta es la oración, es el perdón, es la última luz del azul celeste en sus ojos, es el recogimiento, es lo calmo, lo sereno, lo tolerante, lo que permite a los otros ser, es el respeto, es el toque profundo del bordado, es la lucidez de la escucha y del consejo amoroso. El rosado es ternura, es delicadeza.

De mi hermana vicemayor, recibí como dominantes el verde y el naranja, con acento fucsia y amarillo. El verde es la naturaleza, es la salvación de la semilla que crece y se convierte en bosque exuberante, el verde es reservado y fresco, el verde que da sombra y protección. El naranja es el refinamiento del rojo y el amarillo, es el culto a la estética, es el azafrán, el aderezo, el sabor, los aromas de la cocina, la fiesta, la alegría, la ofrenda y la generosidad.

Entonces el blanco, el negro y su hijo gris que vienen siendo?

El blanco y el negro son el día y la noche son la renovación de la vida. El blanco es el cielo, el viento que transporta las semillas y los aromas, que suaviza los colores y los hace flotar. El negro es el útero de la tierra, la cajilla de seguridad de la memoria, el negro templa los colores, apacigua sus brios y crea el silencio para escuchar las estrellas.

El gris no tiene ningún reparo, es el que neutraliza el brillo de los colores y armoniza su convivencia. El gris es la neblina que permite descansar los ojos del resplandor e invita a la meditación.

Y yo el enmascarado, soy el lienzo que viste el duende con sus dominantes y sus acentos.